El presente cuerpo de obra es un discurso metafísico de aquellos tres conceptos básicos. La lucidez o claridad a la cual aspira el aprendiz del maestro, por inferior que el discípulo sea en una primera instancia, graficada explícitamente en los rostros de las formas y/o la semiótica de los cinco elementos presentes en la lámina que no corresponde a un autoretrato, todos ellos se diluyen en la luz o en la penumbra, casi aplastados por la totalidad del soporte que se constituye como fondo, aludiendo a aquel sentimiento de inevitabilidad ante una fuerza superior.
El orden es el estado en que la decisión y el acto de ejecutar nos hace caer de bruces, presos de la impotencia al no poder traer la fantasía a la realidad. Todo aquello que calzaba perfectamente en nuestra imaginación se desarma inconexo a nuestras extremidades.
El concepto postraumático de resignación denominado disciplina, encuentra su paradigma en la técnica del dibujo, al no permitir fallas, en su capacidad intrínseca y fascinante de evidenciarlas con gran facilidad, obligando al ejecutante a volver una y otra vez sobre sus erores en un círculo vicioso donde la evolución y el avance no hace más que obsesionarnos con detalles que en otrora parecieran perfectos, ya sea la curva que circunscribe la yema de un dedo o los pliegues de la palma de una mano. Cada sombra, cada línea y cada fuga tiene algún reparo. Cada uno de los maestros que reverenciamos en la historia del arte nos parecen cada vez más inalcanzables. El trazo sobrehumano de Leonardo se arranca allá lejos mientras más quemo mis pestañas borracho de líneas desvalorizadas. La expresividad que admiro de Vincent se condice con el academicismo al que por momentos inconscientemente aspiro. Hacerse prisionero de la constancia es un gran reto, que redunda en sí mismo hasta el extremo de llevarnos a odiar el estar dentro, detestar nuestras aspiraciones por osadas e irascibles. ¿Como era aquel lema cursi de catorce de febrero? ¿Del odio al amor hay un solo paso?
Del paso siguiente no puedo opinar.